¿Qué es una crisis de pánico?
Estás de lo más normal y de un momento a otro te empieza a faltar el aire, sientes que el corazón se te va a salir del pecho, que se te duerme la mano o la cara, y de pronto sientes que vas a morir o a perder el control.
Y todo sin ninguna razón aparente.
Quedas totalmente en shock, sorprendido de lo que acaba de pasar.
Luego has tenido que ir a urgencias, a cardiólogo, a neurólogo, te has hecho un Holter, un electroencefalograma, exámenes de sangre, una resonancia.
Y todo ha salido normal.
Te dijeron que no tienes nada en el corazón ni en el cerebro que explique lo que te pasa.
Pero de lo que sí te hablaron es del Trastorno de Pánico, y yo ahora te voy a explicar de qué se trata y por qué tu cuerpo reacciona así cuando entra en este modo.
No estás muriendo ni te estás “volviendo loco”
Lo primero primerísimo que necesito que sepas, porque sé que es lo que más miedo te da: un ataque o crisis de pánico, aunque se sienta como una emergencia médica real, no es peligroso.
No te vas a desmayar (la presión sube, no baja, así que no hay riesgo de eso), no te va a dar un infarto por esto, y no estás perdiendo la razón.
Tu cuerpo está activando una alarma que, en este momento, está sonando sin que haya un incendio real.
Es una falsa alarma, pero el cuerpo la vive como si fuera 100% verdadera, y por eso el miedo que sientes es tan intenso.
Crisis de pánico vs. Trastorno de pánico: no son lo mismo
Es importante diferenciar estos dos conceptos, porque no toda persona que tiene una crisis de pánico tiene trastorno de pánico.
Una crisis de pánico es un episodio puntual de miedo o malestar intenso que alcanza su punto máximo en pocos minutos, acompañado de síntomas como palpitaciones, sudoración, temblor, sensación de ahogo, dolor en el pecho, náuseas, mareo, escalofríos o sofocos, sensación de irrealidad (a esto se le llama despersonalización o desrealización) y miedo a perder el control, a “volverse loco” o a morir.
Puede pasarte una vez en la vida, en un momento de mucho estrés, y nunca más repetirse.
Por otro lado, el Trastorno de Pánico (TP), según el DSM-5, requiere algo más: ataques de pánico recurrentes e inesperados, seguidos de al menos un mes de preocupación persistente por tener otro ataque o por sus consecuencias (como “me va a dar un infarto” o “voy a perder el control en público”), y/o cambios significativos de conducta para evitar nuevos ataques, como dejar de hacer ejercicio, evitar lugares, o no querer quedarte solo.
Esa segunda parte, la preocupación constante y los cambios de conducta, es lo que realmente mantiene el trastorno funcionando, más que las crisis o ataques en sí mismos.
Lo que pasa en tu cuerpo cuando “todo se descontrola”
El protagonista de esta historia es tu sistema nervioso autónomo, específicamente la rama simpática, la que se encarga de prepararte para luchar o huir frente a una amenaza.
El problema es que, en el trastorno de pánico, esta alarma se activa frente a amenazas que no son reales o que son desproporcionadas: un pensamiento, una sensación corporal, un lugar que asocias con una crisis anterior.
Cuando esto pasa, tu cerebro (específicamente la amígdala) manda la señal de “peligro” antes de que la parte racional del cerebro pueda evaluar si el peligro es real.
Por eso el cuerpo reacciona primero, y lo piensas y comprendes después.
Se liberan adrenalina y cortisol, el corazón late más rápido para mandar más sangre a los músculos, respiras más rápido y superficial (lo que puede generar hiperventilación y esa sensación de hormigueo o mareo), y los músculos se tensan.
Todo esto es exactamente lo mismo que le pasaría a tu cuerpo si de verdad te estuviera persiguiendo un animal salvaje.
El problema es que la amenaza no es un animal: eres tú, leyendo un email en tu casa, manejando en tu auto o comprando en el supermercado, y tu cuerpo no distingue la diferencia.
Por qué das tantas vueltas por las consultas médico antes de llegar al psicólogo
Esto es algo que veo constantemente en mi consulta psicológica, y me detengo aquí porque sé que muchos de quienes leen esto vienen de ese camino.
Es absolutamente lógico y esperable que, frente a síntomas como dolor en el pecho, falta de aire, taquicardia o mareo, lo primero que hagas (y lo primero que cualquier médico responsable indique) sea descartar una causa orgánica.
Es lo correcto.
Por eso es tan común pasar por:
- Urgencias o cardiología, por dolor torácico, palpitaciones o sensación de desmayo, generalmente con electrocardiograma, Holter de 24 horas y/o ecocardiograma.
- Neurología, por mareos, sensación de desequilibrio, hormigueo en extremidades, visión borrosa o sensación de “cabeza rara”, con exámenes como electroencefalograma o resonancia.
- Otorrino, cuando el síntoma principal es mareo o vértigo.
- Gastroenterología, cuando predominan náuseas, dolor abdominal o sensación de nudo en la garganta.
- Endocrinología, para descartar problemas de tiroides, ya que el hipertiroidismo puede dar síntomas similares.
Y la gran mayoría de las veces, todos estos exámenes salen normales.
¡Buenas noticias! ¡Estás sano! Por favor no caigas en creer que estás exagerando.
Todo esto lo que realmente quiere decir que el origen del problema no es estructural, sino funcional.
Tu corazón, tu cerebro y tu sistema digestivo están sanos, pero tu sistema de alarma está hiperactivado.
Y eso también hay que atenderlo, merece tratamiento, y se puede resolver.
De hecho, una vez que se han hecho los exámenes pertinentes y se ha descartado causa orgánica (esto siempre debe evaluarlo el médico tratante, no la psicóloga, ojo ahí), el diagnóstico y tratamiento del trastorno de pánico es psiquiátrico y psicológico.
Por eso muchos cardiólogos, neurólogos e internistas derivan directamente a psicoterapia cuando ven este patrón: exámenes normales + síntomas físicos recurrentes + un componente claro de miedo o anticipación.
El círculo vicioso que mantiene el Trastorno de Pánico activo
Lo que hace que el trastorno de pánico se mantenga en el tiempo no son las crisis de pánico en sí, sino lo que haces después de cada ataque.
Así funciona el círculo:
- Tienes un ataque de pánico (a veces sin razón identificable).
- Interpretas las sensaciones corporales como peligrosas (“esto es un infarto”, “me voy a desmayar”, “me estoy volviendo loco”).
- Esa interpretación catastrófica aumenta aún más la ansiedad, lo que intensifica los síntomas físicos.
- Empiezas a monitorear tu cuerpo constantemente, buscando señales de “que viene otro ataque” (esto se llama hipervigilancia interoceptiva).
- Empiezas a evitar lugares, actividades o situaciones donde tuviste un ataque o donde sientes que “no podrías escapar” (el metro, manejar en autopista, hacer ejercicio intenso, quedarte solo). En los casos más severos, esto se convierte en agorafobia.
Cada vez que evitas, sientes alivio a corto plazo, pero le confirmas a tu cerebro que esa situación era efectivamente peligrosa.
Así, el miedo se mantiene, y a veces incluso crece.
Es el mismo principio que trabajamos con la ansiedad social: no se trata de eliminar el miedo, sino de aprender a relacionarte distinto con él para que deje de dominar tus decisiones.
Qué ayuda realmente (y por qué la psicoterapia es el tratamiento de elección)
La otra buena noticia que encontrarás en esta “apanicante” historia es que el trastorno de pánico es uno de los cuadros con mejor pronóstico dentro de la salud mental cuando se trata adecuadamente.
Algunos de los elementos clave que encontrarás en todo tratamiento bien hecho:
- Psicoeducación: entender bien qué te está pasando en el cuerpo, como lo que acabamos de revisar, ya reduce el miedo. Lo desconocido asusta más que lo comprendido.
- Exposición interoceptiva: exponerte de forma gradual y controlada a las sensaciones físicas que temes (por ejemplo, mediante ejercicio, hiperventilación voluntaria breve, o dar vueltas en una silla) para que tu cerebro aprenda que esas sensaciones no son peligrosas.
- Reestructuración cognitiva: trabajar las interpretaciones catastróficas que le das a las sensaciones corporales.
- Regulación del sistema nervioso: técnicas de respiración y herramientas somáticas para bajar la activación fisiológica en el momento agudo, no como una forma de evitar el miedo, sino de acompañarte mientras pasa.
- Exposición gradual a situaciones evitadas, especialmente si ya se ha desarrollado evitación o agorafobia.
En algunos casos, el psiquiatra puede indicar apoyo farmacológico en paralelo, especialmente si los ataques son muy frecuentes o intensos.
Esa decisión siempre debe evaluarla un médico psiquiatra, pero la psicoterapia sigue siendo central incluso cuando hay fármacos de por medio, porque es lo que aborda el círculo de mantenimiento del trastorno.
Si llegaste hasta aquí después de mil exámenes
Si te identificaste con todo esto, probablemente ya hiciste la parte más difícil: descartar las causas orgánicas (es decir, que no estés enfermo de nada grave que te esté causando las crisis, ¡yayyy!)
Ahora viene la parte que sí se puede trabajar y resolver: entender cómo opera tu ansiedad, qué la está manteniendo, y aprender herramientas concretas para que dejes de vivir con el temor constante a que “venga otra crisis”.
Si quieres trabajar esto en terapia, puedes contactarme aquí.